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	<title>Lo mejor del mundo tiene dos letras... &#187; Libros</title>
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		<title>¿Quien se lleva a Blanca? [Jorge Ibargüengoitia]</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Sep 2007 04:18:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmanu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[      Todo empezó con una obra de         caridad: visitar a los enfermos. Mi amigo Willert estaba enfermo de         an­ginas y varias personas fuimos a visitarlo. Durante esa visita nos      [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elmanu.wordpress.com&blog=1574288&post=29&subd=elmanu&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p align="justify"><font color="#000000" face="Verdana" size="5"><font color="#000000" face="Verdana" size="3">      <span style="font-variant:small-caps;">Todo empezó con</span> una obra de         caridad: visitar a los enfermos. Mi amigo Willert estaba enfermo de         an­ginas y varias personas fuimos a visitarlo. Durante esa visita nos         bebimos la famosa botella de ron que estuvo a punto de causar la muerte         de Willert. Pero eso no es lo importante; lo importante es que los         visitantes éramos el arquitecto Boris Gudonov, Rita su esposa, Blanca y         yo. Boris Gudonov es el villano de esta his­toria, Blanca y yo fuimos         sus víctimas. Rita y Willert no son más que comparsas.</font></font></p>
<p align="justify"><span id="more-29"></span> <font color="#000000" face="Verdana" size="5"><font color="#000000" face="Verdana" size="3">No importa lo que bebimos, ni lo que         comimos, ni de lo que hablamos. Lo que importa es que Blanca tenía unos         muslos fenomenales, que no bebía una gota y que a cierta hora se puso         de pie y dijo:<br />
—Tengo que irme.<br />
—Yo te llevo —dijo Boris         Gudonov.<br />
La llevó a su casa en el coche y         tardó tres horas en regresar.<br />
Cuando Boris volvió, Rita, Willert         y yo estábamos completamente borrachos, pero recuerdo muy bien, sin         temor a equivocarme, que Boris se acercó y me dijo al oído:<br />
—No le digas a Rita, pero acabo de         acostarme con Blanca.<br />
Ésa fue la segunda vez que la vi.         Antes de conocer a Blanca alguien me la había descrito como “una         mujer bellísima, enamorada de imposibles”. Cuando la co­nocí estaba         vestida de color de rosa fuerte y sentada junto a un joven tímido.<br />
“Éste es uno de los imposibles”,         pensé.<br />
Me decepcionó mucho. El rosa le         quedaba muy mal. Tenía el pelo lacio y muy mal cortado y la piel del         color de la cáscara de la chirimoya.<br />
Meses después del episodio en casa         de Willert, la encontré en una fiesta en casa de Boris Gudonov.         Es­taba sentada en un sofá, con tres borrachos alrededor empeñados en         tocarle los muslos; tenían una discu­sión sobre costumbres         cristianas. Blanca era muy cató­lica y los borrachos eran ateos y         querían hacerla en­trar en razón.<br />
Tomé un almohadón y se lo puse         sobre las piernas, para protegerla de aquellas palpaciones. Ella me         miró sorprendida y agradecida.<br />
—¿Quién se lleva a Blanca? —preguntó         Rita, cuando dieron las doce de la noche.<br />
Los tres borrachos, Boris Gudonov y         yo ofrecimos llevarla. Blanca se fue conmigo, a pesar de que yo era el         único que no tenía coche, ni dinero para el taxi.<br />
Cuando caminábamos por la Colonia         Narvarte, le dije que me había dado cuenta de que ella era tímida. Con         eso la conquisté.<br />
—Quisiera verte, para tomar un         café y platicar contigo —dije. Quería hacer una cita para otro día         por­que esa noche no tenía para el hotel.<br />
A ella le pareció muy bien. Nos         sentamos al pie de una verja y ella empezó a hablar de la “compren­sión”.         Es decir, de lo maravilloso que es cuando dos almas se entienden. Pero         las nuestras no se enten­dieron, porque yo estaba pensando en la cama y         ella en el matrimonio.<br />
Al día siguiente fuimos a caminar         un rato y des­pués entramos en un restaurante a tomar café. Ella me         relató, de una manera abstracta, sus amores impo­sibles. Yo le dije mi         edad y le pregunté la suya.<br />
—Tengo dos años más de los que         parece.<br />
Había lloviznado y cuando salimos         del restaurante hacia fresco. Le puse mi impermeable encima y le dije:<br />
—Bueno, ahora vamos a hacer el         amor.<br />
Ella me miró llena de desencanto.<br />
—Eso sí que no.<br />
—Entonces no perdamos el tiempo         —le dije.<br />
Tomamos un camión que la dejaba         cerca de su casa.<br />
—Parecemos un matrimonio —me         dijo cuando nos sentamos—, que ha ido al cine y que ahora regresa a su         casa a merendar café con leche y pan.<br />
Después fue taciturna, pensando,         quizá, que yo era “como los demás”.<br />
Tres días después se me ocurrió         hacer otro intento y la llamé por teléfono. Ella me contestó con la         rapi­dez y la sofocación de quien ha esperado tres días una llamada.<br />
—¿Qué haces? —le pregunté.<br />
—Voy a la Merced —me contestó.<br />
La acompañé a la Merced a comprar         pescado, pollo y melones. Cuando tomamos el camión de regreso ya         éramos novios.<br />
Al entrar en su casa le toqué las         nalgas, causando la hilaridad de unos niños que vivían allí cerca.         Ella me miró con reproche.<br />
—¿Por qué eres así?<br />
En la casa no había nadie, pero la         vi tan nerviosa que no insistí.<br />
—¿Quieres agua de limón? —me         preguntó.<br />
Cuando le dije que sí, cogió un         vaso que estaba ya servido y abandonado en una mesa y lo metió en el         refrigerador, para que se enfriara.<br />
Fuimos a la sala. Había un         televisor, un cenicero de porcelana que figuraba una casita con chimenea         funcional y varios retratos al óleo de Blanca: de hui­pil, de tehuana         y experimentando la tragedia del Valle del Mezquital.<br />
—Eres de la raza opresora —me         dijo.</font></font></p>
<p><font color="#000000" face="Georgia" size="5"><font color="#000000" face="Georgia" size="3">Fui su novio durante dos o tres         semanas. Iba por ella a la Universidad, porque estaba estudiando para         trabajadora social. Caminábamos largas horas y des­pués, nos         sentábamos en un parque, porque yo no tenía dinero para más. Un día         quise convidarle unos sopes, pero cuando supo que eran a peso, le         pareció un despilfarro y me llevó arrastrando hasta la es­quina.<br />
—No gastes en mí —me dijo.<br />
Y no comimos sopes.<br />
Una tarde, estábamos sentados en         una placita que hay en San Ángel, sin decir nada. Cuando pasó un         camión haciendo mucho ruido, me dijo:<br />
—Se rompió el hechizo.<br />
No le contesté.<br />
Estaba tan resignada a pasar         miserias a mi lado, que hasta yo empecé a creer que acabaríamos         casándonos. Blanca vivía con su padre, que era jefe de algún archivo,         su madre, que era una abnegada mujer me­xicana, la esposa abandonada de         un hermano de Blan­ca, las seis hijas de este matrimonio y un hermano         soltero.<br />
Cuando me conocieron, el día en que         vimos en la televisión una película argentina, la madre dijo, según         Blanca, que yo era “de confianza”, pero el resto de la familia         pensaba que “todos los hombres son muy ma­los, ofrecen muchos         regalos, etc.” Esto me lo contó Blanca, porque yo no les oí decir         más que “buenas noches”.<br />
—Yo sé que en el fondo eres bueno         —me decía Blanca.<br />
Una noche que estábamos platicando         en el jardín que quedaba afuera de su casa, llegó el hermano         sol­tero, entró sin saludarme, subió a su cuarto y a los cinco         minutos abrió la ventana con mucha violencia, para que supiéramos que         era hora de despedirse.<br />
—Me gustas tanto —me dijo un         día—, que si pasara junto a mí Rock Hudson, ni lo miraría siquiera.<br />
Me sentía obligado a casarme con         ella, porque ella <em>creía</em> que iba a casarme con ella.<br />
—Si esto se acabara —me dijo         durante uno de nues­tros paseos vespertinos—, me daría mucha         tristeza.<br />
Y no se hubiera acabado, si no         hubiera sido por lo que pasó en el bar “Del Paseo”.<br />
La cosa fue así: un día tuve         dinero y la invité a tomar la copa. Ella pidió un vermuth batido que         le duró toda la tarde. Cuando se lo terminó, me dijo cómo iban a         llamarse nuestros hijos.<br />
—El primero, Ernesto, el segundo,         Juan, el tercero, Esteban, por San Esteban. Y las mujercitas&#8230; etc.<br />
Se apagó la luz en el hotel. Cuando         íbamos a salir, nos dieron una vela y bajamos doce pisos         alumbrán­donos con ella. Al llegar a la calle, le dije:<br />
—Esto no puede seguir así<br />
Pero así como antes no había         entendido que lo que yo quería era acostarme con ella, no entendió         enton­ces que no quería casarme con ella. Explicarle que no iba a         haber matrimonio me tomó tres sesiones morta­les. Le dije que         necesitaba libertad, le dije que tenía dos amantes de las que no         quería prescindir, le dije que nunca iba a tener dinero para casarme.         En la tercera sesión me dijo:<br />
—Si necesitas libertad y dos         amantes y no tienen di­nero, vamos a seguir como tú quieras.<br />
Si por allí hubiera empezado, si me         hubiera dicho eso al salir del restaurante, después de tomar café,         aquella vez que lloviznó, ahora estaríamos casados. Pero lo dijo         demasiado tarde.<br />
—Blanca, lo que quiero es no         seguir de ninguna manera.<br />
Durante meses, Blanca anduvo         lloriqueando y contándole a mis amigos que yo la había abandonado.         Después se le pasó, porque no le faltaban oportunida­des. Durante una         época trató de regenerar a uno de aquellos tres borrachos del sofá;         después estuvo, du­rante años, a punto de casarse con un americano.<br />
Hace poco, el borracho a quien         Blanca no pudo regenerar y que seguía borracho, me dijo:<br />
—Cuando Blanca y yo éramos         amantes, me decía que a ti te había querido mucho y que nunca le         hi­ciste nada.<br />
Me di cuenta de que me había         convertido en otro de “los imposibles”. Me puse furioso.</font></font></p>
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		<title>La ley de herodes [Jorge Ibargüengoitia]</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Sep 2007 03:57:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmanu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[Sarita me sacó del fango, porque         antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me tenía sin cuidado.         Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo enten­der que todos         los [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=elmanu.wordpress.com&blog=1574288&post=27&subd=elmanu&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p align="justify"><font color="#000000" face="Georgia" size="5"><font color="#000000" face="Georgia" size="3"><span style="font-variant:small-caps;">Sarita me sacó</span> del fango, porque         antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me tenía sin cuidado.         Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo enten­der que todos         los hombres somos iguales, que el único ideal digno es la lucha de         clases y la victoria del pro­letariado; me hizo leer a Marx, a Engels y         a Carlos Fuentes, ¿y todo para qué? Para destruirme después con su         indiscreción.</font></font></p>
<p align="justify">&nbsp;</p>
<p align="justify"><span id="more-27"></span> <font color="#000000" face="Georgia" size="5"><font color="#000000" face="Georgia" size="3">No quiero discutir otra vez por qué         acepté una beca de la Fundación Katz para ir a estudiar en los Estados         Unidos. La acepté y ya. No me importa que los Estados Unidos sean un         país en donde existe la explotación del hombre por el hombre, ni         tam­poco que la Fundación Katz sea el ardid de un capitalista (Katz)         para eludir impuestos. Solicité la beca, y cuando me la concedieron la         acepté; y es más, Sarita también la solicitó v también la aceptó.         ¿Y qué?<br />
Todo iba muy bien hasta que llegamos         al examen médico&#8230; No me atrevería a continuar si no fuera porque         quiero que se me haga justicia. Necesito jus­ticia. La exijo. Así que         adelante&#8230;<br />
La Fundación Katz sólo da becas a         personas fuertes como un caballo y el examen médico es muy riguroso.<br />
No discutamos este punto. Ya sé que         este examen médico es otra de tantas argucias de que se vale el FBI         para investigar la vida privada de los mexica­nos. Pero adelante. El         examen lo hace el doctor Philbrick, que es un yanqui que vive en las         Lomas (por supuesto), en una casa cerrada a piedra y cal y que cobra&#8230;         no importa cuánto cobra, porque lo pagó la Fundación. La enfermera,         que con seguridad traicionó la Causa, puesto que su acento y rasgos         faciales la delatan como evadida de la Europa Libre, nos dijo a Sarita y         a mí, que a tal hora tomáramos tantos más cuantos gramos de sulfato         de magnesia y que nos presentáramos a las nueve de la mañana         si­guiente con las “muestras obtenidas” de nuestras dos funciones.?<br />
¡Ah, qué humillación) ¡Recuerdo         aquella noche en mi casa, buscando entre los frascos vacíos dos         adecuados para guardar aquello! ¡Y luego, la noche en vela esperando el         momento oportuno! ¡Y cuando llegó, Dios mío, qué violencia! (Cuando         exclamo Dios mío en la frase anterior, lo hago usando de un recurso         literario muy lícito, que nada tiene que ver con mis creen­cias         personales.)?<br />
Cuando estuvo guardada la primer         muestra, volví a la cama y dormí hasta las siete, hora en que me         levanté para recoger la segunda. Quiero hacer no­tar que la orina         propia en un frasco se contempla con incredulidad; es un líquido turbio         (por el sul­fato de magnesia) de color amarillo, que al cerrar el         frasco se deposita en pequeñas gotas en las pa­redes de cristal.         Guardé ambos frascos en sucesivas bolsas de papel para evitar que         alguna mirada penetrante adivinara su contenido.?<br />
Salí a la calle en la mañana         húmeda, y caminé sin atreverme a tomar un camión, apretando con­tra         mi corazón, como San Tarsicio Moderno, no la Sagrada Eucaristía, sino         mi propia mierda. (Esta me­táfora que acabo de usar es un tropo al que         llegué arrastrado por mi elocuencia natural y es indepen­diente de mi         concepto del hombre moderno.) Por la Reforma llegué hasta la fuente de         Diana, en donde esperé a Sarita más de la cuenta, pues habla tenido         cierta dificultad en obtener una de las nuestras. Llegó como yo, con el         rostro desencajado y su envoltorio contra el pecho. Nos miramos         fijamente, sin decirnos nada, conscientes como nunca de que nuestra         dignidad humana había sido pisoteada por las exigencias arbitrarias de         una organización típicamente capitalista. Por si fuera poco lo         anterior, cuando llegamos a nuestro destino, la mujer que había         traicionado la Causa nos condujo al laboratorio y allí desenvolvió los         frascos ¡delante de los dos! y les puso etiquetas. Luego, yo entré en         el despacho del doctor Philbrick y Sarita fue a la sala de espera.?<br />
Desde el primer momento comprendí         que la inten­ción del doctor Philbrick era humillarme. En primer         lugar, creyó, no sé por qué, que yo era ingeniero agrónomo y por         más que insistí en que me dedicaba a la sociología, siguió en su         equivocación; en segundo, me hizo una serie de preguntas que salen         sobrando ante un individuo como yo, robusto y saludable física v         mentalmente: ¿qué caso tiene preguntarme si he tenido neumonía,         paratifoidea o gonorrea? Y apuno mis respuestas, dizque minuciosamente,         en unas hojas que le había mandado la Fundación a propósito. Luego         vino lo peor. Se levantó con las hojas en la mano y me ordenó que lo         siguiera. Yo lo obedecí. Fuimos por un pasillo oscuro en uno de cuyos         lados había una serie de cubículos, y en cada uno de ellos, una mesa         clínica y algunos aparatos. Entramos en un cubículo: él corrió la         cortina y luego, volviéndose hacia mí, me ordenó despóticamente: “Desvístase.”         Yo obedecí, aunque ya mi corazón me avisaba que algo terrible iba a         suceder. Él me examinó el cráneo aplicándome un diapasón en los         diferentes huesos; me metió un foco por las orejas y miró para         adentro; me puso un reflector ante los ojos y observó cómo se         contraían mis pu­pilas y, apuntando siempre los resultados, me oyó el         corazón, me. hizo saltar doscientas veces y volvió a oírlo; me hizo         respirar pausadamente, luego, contener la respiración, luego, saltar         otra vez doscientas veces. Apuntaba siempre. Me ordenó que me acostara         en la cama y cuando obedecí, me golpeó despiadadamente el abdomen en         busca de hernias, que no encontró; luego, tomó las partes más nobles         de mi cuerpo y a jalones las extendió como si fueran un pergamino, para         mirarlas como si quisiera leer el plano del tesoro. Apuntó, otra vez.         Fue a un armario y tomando algodón de un rollo empezó a envolverse con         él dos dedos. Yo lo miraba con mucha desconfianza.?<br />
—Hínquese sobre la mesa —me         dijo.?<br />
Esta vez no obedecí, sino que me         quedé mirando aquellos dos dedos envueltos en algodón. Entonces, me         explicó:?<br />
—Tengo que ver si tiene usted         úlceras en el recto.?<br />
El horror paralizó mis músculos.         El doctor Philbrick me enseñó las hojas de la Fundación que decían         efectivamente “úlceras en el recto”; luego, sacó del armario un         objeto de hule adecuado para el caso, e introdujo en él los dedos         envueltos en algodón. Comprendí que había llegado el momento de tomar         una decisión: o perder la beca, o aquello. Me snbí a la mesa y me         hinqué.?<br />
—Apoye los codos sobre la mesa.?<br />
Apoyé los codos sobre la mesa, me         tapé las orejas, cerré los ojos y apreté las mandíbulas. El doctor         Philbrick se cercioró de que yo no tenía úlceras en el recto.         Después, tiró a la basura lo que cubriera sus dedos y salió del         cubículo, diciendo: “Vístase.”?<br />
Me vestí y salí tambaleándome. En         el pasillo me encontré a Sarita ataviada con una especie de man­dil,         que al verme (supongo que yo estaba muy mal) me preguntó qué me         pasaba.?<br />
—Me metieron el dedo. Dos dedos.?<br />
—¿Por dónde??<br />
—¿Por dónde crees, tonta??<br />
Fue una torpeza confesar semejante         cosa. Fue la causa de mi desprestigio. Llegado el momento de las         úlceras en el recto, Sarita amenazó al doctor Philbrick con llamar a         la policía si intentaba revisarle tal parte; el doctor, con la falta de         determinación propia de los burgueses, la dejó pasar como sana, y         ella, haciendo a un lado las reglas más elementales del compañerismo,         salió de allí y fue a contarle a todo el mundo que yo me había         doblegado ante el imperialismo yanqui.</font></font></p>
<p align="justify">Jorge Ibargüengoitia es  uno de los escritores que empecé a leer por mi propia cuenta, el primer libro que leí de el es: &#8220;La ley de herodes&#8221;; le he leido casi todos los libros, lleva de muerto lo que yo llevo de vida, así que puedo recomendarlo si les agrada el humor negro o simplemente se quieren pasar una tarde torrida con el sillon de la sala, un cigarro y  un cafe.</p>
<p align="justify">Saludos Manu</p>
<p align="justify">&nbsp;</p>
<p align="justify">Jorque</p>
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